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Discurso de Ángel Vallecillo en la entrega del "XVI Premio de la Crítica"

 

«Gracias a todo el mundo. Jurado, instituciones y presentes.

Tendemos a despreciar la duda como un error. Ensalzamos a personas que no duden, convencidas, con ideas y decisiones claras, firmes, tajantes. Yo sin embargo creo que la duda es el motor de nuestra existencia. En mi caso, la duda no ha sido solo mi mayor motor creativo, sino la forma de relacionarme con los demás. Cuando dudad es porque aceptas que hay diferentes posibilidades ante una mima realidad. Que hay infinitas formas de llegar a un mismo fin. Y cuantas más posibilidades barajas más rica y completa es tu decisión. No es solo la duda en cuanto a qué haces y hacia dónde quieres llevar un libro, sino dudas sobre ti mismo. No ha habido un solo libro de todos los que haya escrito en los que no haya sufrido enormes dudas. En todos he sufrido la indecisión, la inseguridad sobre tu talento, incuso sobre tu propia condición de escritor. Cuanto más he escrito, más intensas y críticas las dudas. Hasta que un día te das cuenta de que la duda es en sí misma el hecho de escribir. Quizá de vivir. Ese reconocer no sé quién soy. El reconocer que por mucho que creas hacerlo no dominas tu vida.

No ha habido libro que haya escrito que al darlo por terminado mi sensación no haya sido la de haber fracasado. Porque el libro ideal que imaginaste en un principio, lo que vislumbraba durante la fase de pensamiento, pertenecía al mundo de lo ideal, irrealizable en sí mismo, perfecto por su inmaterialidad, porque era un espejismo. Escribí una vez un ensayo sobre creación literaria titulado Elogio del fracaso. Porque todo libro, cono toda vida, es un hermoso y perfecto fracaso.

La duda y el fracaso son precisamente los temas de Akúside, la novela por la que he recibido este premio junto a mi compañero José Luis Cancho y sus Refugios de la Memoria. Akúside es un libro que trata sobre el arrepentimiento de un terrorista que, tras haber alcanzado la independencia de su patria, tiene dudas sobre lo que hizo y le domina una castrante sensación de fracaso.

En España hemos sufrido el terrorismo durante más de cincuenta años. En dictadura, en democracia. Hemos sufrido atrocidades que cuando se las cuentas a quienes no lo vivieron les resultan inimaginables. Atentados diseñados con el único fin de matar y aterrorizar a la mayor cantidad de gente posible. Hemos visto sangre y desgracia a diario. Como niños, después como adolescentes, como jóvenes idealistas, como padres, como ancianos. Fue un horror tan largo y profundo que todos dudamos que el terror pudiera ser derrotado. A mí siempre me asaltó la misma pregunta: ¿Qué ocurre en el interior de un ser humano para no saber ponerse freno? ¿Qué clase de convencimiento o fanatismo puede llevar a una persona, muchas veces jóvenes, pero también adultos maduros a, conscientemente, premeditadamente, acercarse por la espalda de otra, incluso delante de sus hijos, y pegarle un tiro en la nuca? En Akúside hay un texto de un terrorista que, para mostrar su absoluto convencimiento en la necesidad del terrorismo, dice: Si en el momento de apretar el botón de un coche bomba, viera cruzar a mi hijo frente a él, lo apretaría igualmente, pues por encima de la identidad de las víctimas está la necesidad de la acción. ETA asesinó en defensa de una raza. De una frontera. Para evitar la contaminación racial o cultural de su vecino. La pregunta es: ¿no tenían dudas? ¿no había un momento en el que un freno moral los detuviera y la conciencia les susurrara, ¿y si estoy equivocado? ¿y si mi vecino del sur n oes un enemigo sino solo eso, un hombre como tú, que no pretende sino ser feliz, junto a su familia y sus amigos, en esta corta e intensa vida que a todos nos toca llegar?

La carencia de la duda en un individuo es una enfermedad que lo aleja de lo humano. Dudar nos hace mejores. Nos hace moralmente sanos. Nos permite empatizar, nos ayuda a educar, a sopesar, a respetar. Dudar sobre la vida que estás llevando, sobre lo que hiciste o estás haciendo, e lo que abre al hombre las posibilidades de un mundo infinito. La duda nos hace diversos, empáticos, más felices. Tener dudas, e incluso sentirte incapaz de resolverlas, no es indecisión sino todo lo contrario: es una válvula de seguridad para equivocarnos lo menos posible. Un terrorista no es más que una máquina ciega. Un logaritmo que. Ante diversas premisas, genera siempre una misma respuesta. En la primera parte de Ákuside, escribí 29 historias cortas que terminan siempre con una misma resolución; una muerte y alguien que mete las pruebas en una caja de plomo y la arroja al mar. Es una metáfora del terrorismo, cuya única respuesta ante cualquier realidad es la violencia. La muerte como ofrenda. El asesinato como respuesta. Y la culpabilidad no fue solo de quienes apretaron el gatillo, sino en mayor medida de los que durante décadas han sido defensores morales del terrorismo, muy especialmente desde la iglesia vasca. El terrorismo etarra ha sido una gigantesca ofrenda al dios de la muerte. Una matanza al estilo azteca de sumar sacrificios humanos para aplacar la ira de un dios opresor, para doblegar la fuerza de un estado. Sumar muertes en la mesa como método de resolución de conflictos. Cuanto más inocentes mejor. La socialización del terror. Para al final darte cuenta de que no has conseguido sino esparcir sangre y dolor. Solo con haber aceptado sus dudas, los terroristas se hubieran salvado del horror y hoy miles de personas no sufrirían en silencio. Por eso he escrito un libro como Akúside.

Por último quiero agradecer este premio a diferentes personas. En primer lugar agradezco este premio a la academia de las letras castellano leonesas, y lo hago nombrando a don Gonzalo Santonja y a doña Mar Sancho. No por haberme dado este premio a mí, sino por haber premiado el tipo de literatura que representa una novela como Akúside. Todos los escritores caminamos en solitario, pero cuando practicas una literatura creativa, arriesgada, poco convencional, poco amable, o como queramos definirla, tu sensación de soledad es mayor, Hay muchos momentos de duda porque no sabes si el camino tan arriesgado que has tomado no te adentra sino en lo más intrincado y oscuro del bosque. Cuando practicas esta literatura, muchas veces tú mismo te autocensuras. Te fustigas, te desesperas porque crees que estás extraviándote en un bosque cada vez más espeso que no tiene salida.

Recibir el premio de la crítica de la Academia Castellano y Leonesa es como si en un recodo de este bosque oscuro alguien te sacara del camino y te dejara subir a un claro desde el que puedes ver la inmensidad del paisaje. Y durante este breve premio pudieras ver que el camino que has seguido esa era tan válido como cualquier otro. Es, otra vez, elogio de la diversidad. Porque confiar únicamente en una literatura que solo sigue los parámetros comerciales, o que se rige por la moda o la costumbre está condenada a malbaratarla. No es más valiosa una que otra, es solo un elogio, insisto, por lo distinto, por lo diverso, por apostar por una literatura arriesgada. Por eso agradezco a la academia el riesgo tomado al premiar una obra como Akúside, porque creo que así otros escritores experimentales pueden continuar arriesgando.

Quiero agradecer este premio también a dos personas que me han ayudado en este camino por el bosque profundo. La primera es José Luis Roldán Rojo, mi querido amigo Jota, quien con su gusto y vehemencia ha sido siempre un acicate para no acomodarme ni conformarme con lo que estaba haciendo. Ha sido un lector duro, exigente, también como amigo, y he tenido la fortuna de haberlo encontrado fortuitamente en mi camino. Muchas gracias, Jota. Y en segundo lugar a César Nicomedes Sanz, mi editor en Difácil. Él ha sido quien con más ahínco ha defendido una apuesta literaria distinta, porque siempre quiso ver en un libro como Akúside, incluso en contra de sus intereses mercantiles, un libro que merecía ser publicado como obra de creación, pero también de justicia social y de memoria por las víctimas. Gracias, César.

Y en último lugar, agradezco a Gisela, Gise, su apoyo incondicional en mi carrera durante estos años. La literatura puede parecer un camino solitario, individual, pero en mi caso es un trabajo en equipo. Ha sido ella siempre la primera en escuchar ideas disparatadas, monólogos absurdos sobre literatura sobre estilo, muchas veces delirios y desvaríos de un loco. La primera vez que le hablé de Akúside, por ejemplo, fue para decirle quiero hacer un libro incomprensible, religioso, que no se pueda leer. Y su respuesta fue, con perdón, de puta madre. Si alguien puede hacerlo eres tú. Esa es la respuesta y confianza que necesita alguien que camina en soledad, Ella también ha aguantado muchas dudas y derrotismo. Y por amor, se lo ha guardado. Siempre se ha tomado muy en serio este oficio y lo ha recibido y cuidado como una bendición de nuestra familia.

Para terminar, mi recuerdo a las fuerzas del orden del Estado. Fueron ellos quienes, en nuestro nombre, nos defendieron de la barbarie terrorista. A las víctimas del terrorismo por su mudo sufrimiento, por no haber entrado al trapo de las provocaciones y haber llevado su dolor familiar, injusto, con amor y recogimiento. Y a todos los españoles que con paciencia hemos llegado a su fin y del que este libro raro, Akúside, trata de dejar testimonio. Porque el fin primero para escribir Akúside no fue más que eso: dejar por escrito la crueldad terrorista, la inutilidad de tanto odio, y que el tiempo no blanquee los crímenes.

Muchas gracias»

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